Albert Ràfols-Casamada: una breve introducción al autor
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Más allá del lienzo
Situarse frente a un cuadro de Albert Ràfols-Casamada es una experiencia que trasciende la simple observación. No se trata de identificar objetos o descifrar una narrativa, sino de ser envuelto por un conjunto de sensaciones. Es sentir, como él mismo anhelaba, "la armonía subyacente en las cosas". Su obra no busca ser una suma de detalles, sino una unidad total que nos sumerge en una atmósfera de emociones. Esta es la puerta de entrada a su universo: un lugar donde la pintura se convierte en una experiencia sensorial.
Este artículo del Taller del Coleccionista se adentra en la figura de Albert Ràfols-Casamada (1923-2009), no solo como uno de los pintores más destacados del arte español contemporáneo, sino como lo que sus allegados describieron como un "artista completo". Fue un poeta cuya obra literaria discurre en paralelo a la pictórica, un pedagogo que transformó la enseñanza del arte en Barcelona y un intelectual cuya vida entera fue una búsqueda de ese espacio donde la emoción toma forma. Su arte, a diferencia del de muchos de sus contemporáneos, es una invitación a entrar en un espacio privado y sensible, a compartir una percepción del mundo (quédense con esto). Para comprender a Ràfols-Casamada, es necesario aprender una nueva forma de ver, una que encuentra poesía en lo cotidiano y estructura (concepto muy relevante en su obra) en la emoción.
De Barcelona a París (1923-1954)
La relación de Albert Ràfols-Casamada con el arte fue, desde el principio, una cuestión de herencia y de entorno. Nacido en Barcelona en 1923, era hijo y nieto de pintor. Su padre, Albert Ràfols i Cullerés, fue un respetado paisajista anclado en la tradición del Noucentisme catalán, un movimiento que valoraba el orden, la claridad y el trabajo bien hecho. Esta inmersión temprana no fue académica, sino doméstica y vital. Ràfols-Casamada aprendió a pintar viendo a su padre, observando el ritual casi alquímico de mezclar pigmentos para obtener un color preciso. El arte, para él, no era algo ajeno, sino el lenguaje de su hogar. Sin embargo, este legado también conllevaba un problema. Su padre, que había sufrido mucho para llegar a ser pintor -según cuenta el propio Casamada-, intentó guiarlo hacia un camino más seguro: la arquitectura (dato crucial para entender su obra). Albert llegó a matricularse en la Escuela de Arquitectura, pero su vocación innata, emotiva y pictórica, pugnaba contra la racionalidad estructurada de los planos. Este conflicto temprano entre la estructura y la emoción se convertiría en el motor de toda su carrera.
La Barcelona de posguerra
La España de los años 40 era un páramo cultural, un país aislado donde la vanguardia de antes de la Guerra Civil había sido silenciada. En este contexto represivo, pequeños núcleos de resistencia intelectual se convirtieron en salvavidas para una generación de jóvenes artistas. Ràfols-Casamada encontró su lugar en agrupaciones como el "Grup dels Vuit" y, de manera crucial, en el "Cercle Maillol" del Institut Français de Barcelona.Estos espacios eran mucho más que simples tertulias. Allí, bajo el amparo de figuras como el crítico Sebastià Gasch o el polifacético Josep Maria de Sucre (del cual también poseemos bastantes obras en el Taller del Coleccionista), Ràfols-Casamada y sus contemporáneos —Antoni Tàpies, Joan Ponç, Francesc Guinovart— pudieron reconectar con el legado fragmentado de la modernidad: Picasso, Miró, Torres-García. Fue en este ambiente clandestino donde conoció a la pintora Maria Girona, quien se convertiría en su esposa en 1952 y en su compañera artística y vital durante más de medio siglo. La obra de Ràfols-Casamada, por tanto, no puede entenderse como un acto solitario, sino como parte de un esfuerzo generacional por reconstruir una identidad cultural catalana moderna desde sus cenizas.
El crisol parisino
En 1950, una modesta beca del gobierno francés le proporcionó a él y a Maria Girona la oportunidad de viajar a París, donde residirían intermitentemente hasta 1954. Esta estancia fue, en sus propias palabras, un "enriquecimiento cultural fundamental y muy necesario". Si Barcelona era la teoría susurrada en la clandestinidad, París fue la práctica vivida en todo su esplendor. Fue la oportunidad de enfrentarse directamente a las obras maestras que solo conocía por las páginas de revistas como D’Ací i D’Allà o Gaseta de les Arts.
Su experiencia parisina no fue la de un discípulo que elige un maestro, sino la de un espíritu curioso que absorbe un abanico de lenguajes para forjar el suyo propio. Las influencias que asimiló fueron diversas y, a primera vista, contradictorias:
Cubismo y Fauvismo: El impacto de Picasso, Braque y, sobre todo, Matisse fue inmediato. De ellos interiorizó la deconstrucción de la forma y, fundamentalmente, la liberación expresiva del color.
De Stijl y la Geometría: Un viaje a Holanda durante este periodo le reveló la obra de Piet Mondrian y el movimiento De Stijl. La búsqueda de un orden geométrico y una armonía universal le impresionó profundamente, ofreciéndole un contrapunto racional a la explosión emotiva de los fauves.
Las semillas del Informalismo: En París vio exposiciones que sembrarían intereses duraderos. La pintura totalmente matérica de Jean Dubuffet y los collages de Kurt Schwitters le abrieron los ojos a las posibilidades de la materia pictórica y de la técnica del collage, que se convertiría en una constante en su obra.
El eco de Nicolas de Staël: Los críticos señalan la clara influencia del pintor ruso-francés en obras de mediados de los 50 como Canal St. Martin (1956). La forma en que Staël construía con densas pastas de color, a caballo entre la figuración y la abstracción, resonó con la búsqueda de Ràfols-Casamada.
Estos años formativos no consistieron en encontrar un estilo que copiar, sino en internalizar un conjunto de problemas estéticos y sus posibles soluciones. Un artista ordinario podría haber elegido un solo camino: el rigor de Mondrian, la emoción de Matisse o la materialidad de Dubuffet. El genio de Ràfols-Casamada residió en su capacidad para mantener estas fuerzas unidas de forma integral. Toda su carrera posterior puede verse como un esfuerzo sostenido por reconciliar la estructura con la emoción, la libertad con el control, para alcanzar esa "unidad total" que siempre persiguió.
El salto a la abstracción: la invención de un lenguaje personal (1955-80s)
El camino "natural" hacia la abstracción
El paso de Ràfols-Casamada de la figuración a la abstracción fue un proceso que él mismo describió como "bastante natural... de manera ininterrumpida". Fue una evolución orgánica. A su regreso de París, comenzó a pintar una serie de bodegones en los que los objetos perdían lentamente sus puntos de contacto con los modelos y se convertían en puros rectángulos de color. Este no era un rechazo a la realidad, sino una búsqueda de su esencia. Estaba reduciendo las cosas a cuatro elementos le parecían básicos: color, manchas, estructura y ritmo. No abandonó la figuración por un imperativo teórico, sino porque su propia investigación pictórica lo llevó a un lugar donde las formas y los colores podían hablar con una voz más pura y directa.
Un diálogo crítico con los movimientos dominantes
A finales de los años 50, Ràfols-Casamada ya estaba plenamente inmerso en el lenguaje de la abstracción, pero su voz siempre fue singular. Mantuvo un diálogo constante con las grandes corrientes de su tiempo, tomando lo que le interesaba y descartando lo que no resonaba con su sensibilidad mediterránea. Su posición única se define mejor en comparación con sus contemporáneos. El Informalismo, con su énfasis en la materia, era el movimiento dominante en España. Ràfols-Casamada se interesó por toda esta corriente , pero su obra se mantuvo alejada de la expresividad dramática de Tàpies o del grupo El Paso. Una de sus pinturas de 1961, presentada en una muestra informalista, fue descrita como la menos matérica, gobernada por una "geometría cromática constructiva". Su abstracción era más lírica, más luminosa.
Del mismo modo, una exposición de expresionistas abstractos americanos en Madrid en 1958 le impactó enormemente. Admiró la libertad gestual y los grandes formatos de artistas como Mark Rothko y Robert Motherwell, que le ayudaron a simplificar el espacio. Sin embargo, rápidamente marcó una distinción fundamental. Él mismo lo explicó: "Rothko es muy espiritual, casi sublime, y mi pintura, en cambio, se basa en el mundo de los sentidos; tiene un carácter mediterráneo". Esta es la clave de su originalidad. Su abstracción no es trascendente, sino inmanente; no busca un más allá espiritual, sino que encuentra su fuente en el aquí y el ahora.
El alma mediterránea: luz, sensación y lo cotidiano
Lo que verdaderamente distingue la abstracción de Ràfols-Casamada es su profundo arraigo en la experiencia vivida. Sus cuadros son abstractos, pero son abstracciones de algo: el calor de una tarde de verano en Calaceite, la luz filtrándose por una ventana en su estudio de Barcelona, la memoria de las rocas de Cadaqués. Su abstracción, como decía, "conserva la presencia de una luz definida, de espacios y de memoria... incluso signos que aluden al mundo real y tangible".
Su amigo, el escritor Josep M. Castellet, apuntó que el artista se centraba en la inmediatez de las cosas, aquello que les da vida. Esta conexión con lo cotidiano hace que su obra, aunque formalmente compleja, sea profundamente accesible y humana. En sus diarios, detalla su proceso de observar un paisaje, de sentir el viento o de percibir el cambio de la luz, para luego transformar esa emoción directa en una vibración cromática en el lienzo. No pinta el paisaje, sino la sensación que el paisaje le provoca.
La voz del artista: sobre el color, el espacio y la poesía
La ventana: un espacio para la paradoja
A lo largo de su carrera, un motivo reaparece con insistencia en la obra de Ràfols-Casamada: la ventana. Desde sus pinturas figurativas de 1946 hasta sus grandes lienzos abstractos, la silueta de la ventana funciona como un elemento clave. Él la describió como un elemento abstracto dentro de la realidad que permite lograr un efecto de profundidad sin abandonar la planitud. La ventana es la metáfora perfecta para todo su proyecto artístico. Es una estructura que enmarca una emoción. Es un límite que conecta dos mundos: el interior y el exterior, el yo y el entorno, la abstracción y la realidad. Le permite crear un doble espacio de interior y exterior, un juego de planos que enriquece la composición sin recurrir a la perspectiva tradicional. La ventana es, por tanto, el lugar de la paradoja: una apertura, un marco, una separación que posibilita la conexión, una estructura geométrica que contiene esa experiencia sensible que Albert nos transmite mediante el color.
El color como puente entre la idea y el sentimiento
Para Ràfols-Casamada, el color nunca fue un fin en sí mismo. Su uso del color iba más allá de la decoración, la emoción pura o el formalismo. En una de sus reflexiones más lúcidas, lo definió como el vehículo de una idea. No el color por el color, sino el color basado en una idea... Detrás está la idea, y en medio, los sentimientos. El color sirve para unir los dos. Esta es una declaración que eleva su uso del color a una aseveración filosófica. El color es el agente activo que hace que una idea sea tangible, que un sentimiento adquiera estructura. En sus diarios, documenta meticulosamente este proceso. Describe cómo observa un paisaje, anotando las variaciones de verdes, ocres y violetas, para luego, en el estudio, traducir esa memoria sensorial en una de sus obras.
"De un mismo trazo": la pintura como poesía
La faceta de Ràfols-Casamada como poeta no es un apéndice a su carrera de pintor, sino una manifestación paralela del mismo impulso creativo. Solía decir que la pintura y la poesía nacen de un mismo trazo creativo, que a veces toma la forma de pintura y otras, de escritura. Esta unidad de origen es fundamental para entender la coherencia de toda su obra. Su obra no cuenta una historia, pero evoca un estado del alma de la misma manera que lo hace un poema. Al leer su poesía, como la elegía "L'ombra dels núvols" ("La sombra de las nubes"), se encuentran los mismos temas que recorren sus lienzos: la memoria, la luz, el paso del tiempo, la superposición de pasados y presentes. Unos versos como "Poco a poco el color de las piedras se apaga / de cerca parecen casi grises" podrían ser la descripción de uno de sus cuadros, o la chispa que lo origina. Para él, ambas artes comparten el mismo fin.
A pesar de ser aclamado como un maestro, un clásico de nuestro tiempo, sus escritos revelan una sensación de búsqueda que resultan conmovedoras. Habla de lienzos que le dan muchísimos problemas, de la necesidad de perderse varias veces para encontrar lo que cree que un determinado tema tiene que ofrecer... Esta aparente contradicción entre maestría y duda es algo que atraviesa la personalidad de su obra. Esta lucha constante con la materia, esta humildad ante el acto de crear, es lo que hace que su obra sea tan profundamente humana y su figura tan admirable.
El legado de un maestro: la Escuela EINA y el acto de enseñar (1967 en adelante)
La fundación de un nuevo modelo educativo
La influencia de Albert Ràfols-Casamada en el panorama cultural catalán no se limitó a su estudio. En 1967, junto a figuras como el arquitecto Oriol Bohigas y el filósofo Xavier Rubert de Ventós, cofundó la escuela de diseño EINA, un centro pionero en Barcelona del que fue director durante diecisiete años.
EINA nació con la ambición de crear un espacio para la exploración interdisciplinar, un lugar que, aunque inspirado en las directrices de la Bauhaus, buscaba superar su rígido racionalismo para proponer un modelo educativo más abierto y guiado por los propios estudiantes. La filosofía era que el profesor debía guiar, en lugar de imponer. Este acto de construcción institucional demuestra su profundo compromiso con la formación de las nuevas generaciones y su deseo de modelar el paisaje cultural más allá de su propia obra.
Enseñar como forma de autodescubrimiento
Para Ràfols-Casamad, la pedagogía no fue nunca una distracción de su arte. Impartió principalmente el curso de color, y esta experiencia se convirtió en un laboratorio para sus propias ideas. Él mismo lo reconoció que la enseñanza te obliga a enfrentarte a numerosos problemas y a profundizar en ellos para poder explicarlos. La necesidad de articular para sus alumnos conceptos abstractos sobre el color, el espacio y la forma le forzó a una clarificación que retroalimentó directamente su pintura y su poesía. La enseñanza se convirtió así en el tercer pilar de su práctica creativa, un diálogo constante entre la creación, la reflexión y la transmisión del conocimiento.
Habitar un cuadro de Ràfols-Casamada
El legado de Albert Ràfols-Casamada es el de un artista que supo forjar un camino único y profundamente personal a través de las turbulentas corrientes del arte del siglo XX. Sin adherirse por completo a ningún "ismo", dialogó con todos ellos para crear un lenguaje de abstracción que no es frío ni distante, sino cálido, sensorial. Creó, como diría Cézanne, una realidad paralela, pero una realidad construida con la luz del mediterráneo y la memoria de lo cotidiano.
Al final, volvemos al principio: a la experiencia de estar frente a su obra. Su obra es la invitación final: nos anima a pasar tiempo con sus lienzos, a permitir que sus espacios tranquilos y luminosos nos hablen, a comenzar nuestro propio diálogo con el color, el espacio y el silencio. Es un arte que no exige ser entendido, sino habitado.