El latido del Modernismo: Ricard Opisso y la crónica visual de una época
Joel MejiasCompartir
La historia del arte suele escribirse en grandes lienzos al óleo, envuelta en el olor denso de la trementina, el peso del color y los marcos dorados de las academias. Sin embargo, hay ocasiones en las que el alma entera de una ciudad —con sus miserias, sus lujos, su humo de fábrica y sus madrugadas de absenta— queda atrapada para siempre en la inmediatez de un simple trazo negro. Ricard Opisso i Sala (1880-1966) pertenece a esa rara estirpe de creadores capaces de encerrar un mundo entero en un diminuto frasco de tinta. Su figura se alza hoy como el cronista gráfico indiscutible de la sociedad catalana de la primera mitad del siglo XX, un artista cuya importancia trasciende de largo la mera ilustración satírica para convertirse en el espejo de una Barcelona en plena y dolorosa metamorfosis. Comprender a Opisso es entender el Modernismo; no solo desde la monumentalidad estática de sus edificios burgueses, sino desde la respiración viva de sus calles, el murmullo incesante de sus cafés y el silencio atronador de sus tragedias.
A través de las siguientes páginas, nos sumergiremos en el viaje vital de un dibujante que fue capaz de huir del destino aristocrático de su sangre para abrazar el asfalto. Exploraremos cómo la severa disciplina matemática impuesta por Antoni Gaudí chocó frontalmente con el desenfreno de las noches bohemias, forjando a un ilustrador prodigioso capaz de firmar inocentes viñetas infantiles y, bajo el velo de un seudónimo, diseccionar los amores clandestinos y los bajos fondos. Bienvenidos al universo entintado de Ricard Opisso.
La sangre ilustre y el instinto salvaje de la calle
Para entender la rebeldía que habitaba en la muñeca de Ricard Opisso, es imperativo asomarse primero al abrumador peso de su árbol genealógico. Nació el 20 de noviembre de 1880 en la ciudad de Tarragona, en el seno de una familia donde el talento intelectual no era una mera aspiración, sino una condición biológica ineludible.
Su padre, Alfred Opisso i Viñas, encarnaba a la perfección el ideal del polímata decimonónico. Aunque ostentaba la licenciatura en Medicina, su auténtica vocación latía en la pluma: ejerció como un implacable crítico de arte, historiador, director de La Ilustración Ibérica y codirector del influyente rotativo La Vanguardia. En su afán por diseccionar las corrientes estéticas de su tiempo, llegó a publicar el reputado volumen Arte y artistas catalanes, un tratado indispensable para comprender la época. El abuelo paterno del futuro dibujante, Josep Opisso i Roig, también era un hombre de letras y acción: había fundado el periódico El Tarraconense, dirigido el Diario de Tarragona y ejercido como director del puerto de la ciudad. Y, por si esta herencia no fuera suficientemente imponente, por las venas de Ricard corría también sangre insurrecta: su abuela paterna, Antònia Viñas, era descendiente directa del mítico guerrillero de Montblanc, Cintet del Fonoll.
La rama materna, lejos de quedarse atrás, aportaba un linaje puramente plástico. Su madre, Antònia Sala i Gil, era nieta de Pere Pau Muntañà, nada menos que el primer director de la Escuela de Bellas Artes y Oficios de Barcelona. Su tío, Emili Sala i Francès, era un célebre y exitoso pintor costumbrista, y entre sus hermanos despuntaría con brillantez su hermana Regina Opisso, que se forjaría una notable carrera como escritora.
Cuando la familia se trasladó a Barcelona, Ricard contaba con apenas dos años de edad. Creció en un entorno acomodado, propio de las altas esferas de la época, con servicio doméstico y días marcados por la estricta etiqueta para recibir visitas de sociedad. Sin embargo, el niño pronto demostró ser un cuerpo extraño en aquel ecosistema de rígidas normas burguesas. Sentía una aversión instintiva hacia el estudio académico y las aulas convencionales. Desoyendo los designios que su abolengo le marcaba, prefería escapar a las calles, dibujando de manera compulsiva y autodidacta todo lo que captaba su atención: desde los pesados y exhaustos caballos que tiraban de los carros sobre el empedrado, hasta las voluptuosas chicas que actuaban en los incipientes cafés cantantes. En ese pulso silencioso entre la alta cultura de salón de su hogar y la crudeza vital del asfalto, nació verdaderamente el cronista.
La disciplina del templo y la llamada del Paralelo
Alfred Opisso, observando con extrema preocupación el talento salvaje de su hijo y su manifiesto desdén por las instituciones formales, decidió tomar cartas en el asunto. A mediados de la última década del siglo XIX, en un intento por imponerle una formación rigurosa y disciplinada que encauzara su genio, lo llevó al obrador del hombre que estaba erigiendo el sueño de piedra más ambicioso de la ciudad: Antoni Gaudí.
El joven Ricard ingresó como aprendiz en el taller del Templo Expiatorio de la Sagrada Familia, una experiencia que moldearía definitivamente su concepción espacial. El genial arquitecto sintió un afecto inmediato y paternal por aquel muchacho inquieto y despierto. Opisso trabajó incansablemente como delineante, aprendiendo a someter su trazo al rigor de la geometría, la proporción matemática y el volumen arquitectónico. Su labor fue tan estrecha que no solo ejerció tareas de fotógrafo para el estudio, sino que el propio Gaudí lo utilizó como modelo físico para esculpir algunos de los ángeles que hoy coronan majestuosamente la célebre fachada del Nacimiento.
Fue Gaudí quien, buscando refinar aún más las aptitudes anatómicas del joven, lo introdujo en el Cercle Artístic de Sant Lluc, una institución de corte más tradicional y católico donde Opisso recibió clases de dibujo del natural bajo la atenta mirada de maestros consagrados como los hermanos Llimona.
No obstante, esta etapa generó en Opisso una dualidad interna insostenible. Mientras que por el día delineaba columnas eclesiásticas y dibujaba motivos religiosos, al caer la tarde la llamada de la bohemia se volvía ensordecedora. Tenía una incontrolable afición por juntarse con los jóvenes que haraganeaban alrededor de las obras del templo en construcción, y sus continuas escapadas nocturnas hacia los ambientes canallas y marginales del Paralelo terminaron colmando la paciencia del arquitecto. La relación profesional con Gaudí concluyó de manera casi súbita debido a estas ausencias. Pero el milagro ya se había obrado y el bagaje técnico era inquebrantable: bajo aquellas inmensas bóvedas en construcción, Opisso aprendió que, para poder dibujar el caos vibrante de una multitud en movimiento, primero se requiere la precisión estructural de un arquitecto.
Els Quatre Gats, Picasso y la eclosión del genio
A finales del siglo XIX, Barcelona hervía como una olla a presión. El incipiente progreso industrial, las tensiones anarquistas y la revolución estética del Modernismo convergían geográficamente en una pequeña y oscura calle del centro: la calle Montsió. Introducido por figuras clave del panorama cultural como el promotor Miquel Utrillo y el pintor Joaquim Mir, un jovencísimo Ricard Opisso cruzó el umbral de la legendaria taberna Els Quatre Gats.
Regentado por el alto, carismático y enjuto Pere Romeu, este local se convirtió rápidamente en el epicentro de la modernidad catalana, inspirado en los cabarets parisinos. No era un simple café donde beber ajenjo; allí se programaban conciertos de vanguardia, veladas literarias, fascinantes sesiones de sombras chinas y espectáculos de marionetas. A partir de 1898, Opisso comenzó a exponer en sus paredes sus primeros apuntes del natural, integrándose de pleno en un cenáculo que hoy conforma el catálogo dorado de la pintura española. En sus concurridas mesas se codeó, debatió y aprendió de titanes como Ramon Casas, Santiago Rusiñol, Hermenegild Anglada Camarasa, Lluís Domènech i Montaner, Josep Puig i Cadafalch, Pau Gargallo e Isidre Nonell.
Pero, sobre todo, la intrahistoria de Els Quatre Gats guarda un capítulo fundamental: la profunda camaradería que Opisso entabló con un joven talento andaluz recién llegado de una estancia en Horta de Sant Joan. Se llamaba Pablo Picasso. A su regreso a Barcelona en 1899, Picasso se integró en el grupo de la mano de Carles Casagemas, Jaume Sabartés y otros artistas noveles.
En aquel momento, el pintor Ramon Casas era el ídolo indiscutible de Barcelona, el retratista oficial de la burguesía que acababa de exponer en la prestigiosa Sala Parés. El círculo de amigos de Picasso, buscando desafiar este monopolio burgués, animó al malagueño a realizar su propia exposición de retratos. Tal y como recordaría Sabartés: "Si Casas acapara a los hombres conspicuos, Picasso puede dibujar lo que sobra: a nosotros... para poner a Picasso frente al ídolo barcelonés y que rabie la gente".
En febrero de 1900, Picasso empapeló literalmente la sala grande de la taberna con cerca de cien retratos al carboncillo y acuarela. En un acto de absoluta rebeldía estética, los dibujos colgaban directamente sobre las paredes, sin marcos, sin cristales, unos encima de otros y sin catálogo oficial. Entre esa maraña de rostros que inmortalizaban a los genios del mañana, capturado para siempre por el trazo de Picasso, figuraba Ricard Opisso.
La influencia de este grupo catapultó la carrera del joven dibujante. La propia taberna llegó a editar una mítica revista homónima, Quatre Gats, de la que apenas vieron la luz unos quince números en 1899, pero que sirvió de trampolín para el Modernismo. En sus páginas, el joven Opisso tuvo el inmenso honor de ilustrar portadas a color junto a colosos de la talla de Casas, Pichot o el propio Nonell, consolidándose como una firma imprescindible y respetada por la élite artística antes siquiera de haber cumplido los veinte años.
El mercado editorial de París a Barcelona y las dos caras de la moneda
Siguiendo el rito de paso ineludible de todo artista con aspiraciones de la época, Opisso hizo las maletas y viajó a París para ampliar su horizonte cultural y medir sus fuerzas en la indiscutible capital mundial del arte. Su prodigiosa velocidad de ejecución gráfica y su afilado sentido de la sátira le abrieron las puertas de las más prestigiosas y competitivas publicaciones francesas, como Le Rire. Esta intensa etapa parisina refinó definitivamente su técnica de entintado, dotándolo de una frescura, una síntesis visual y un carácter directo que marcarían el resto de su vasta producción.
De regreso a su Barcelona natal, se convirtió en una auténtica máquina creativa, el ilustrador más demandado del país. Trabajó incansablemente en un sinfín de publicaciones, ilustrando desde almanaques, carteles publicitarios y novelas, hasta las tradicionales aucas catalanas. Su prodigiosa versatilidad le permitió dominar a la perfección múltiples registros editoriales. En el ámbito de la sátira política y la crítica social, fue una pluma clave, mordaz y temida en revistas históricas como ¡Cu-cut!, L'Esquella de la Torratxa, La Campana de Gràcia y en las páginas del Diario de Barcelona.
Sin embargo, existía otra faceta mucho más pícara, lúdica y clandestina en su producción. Opisso dibujaba habitualmente para revistas llamadas "galantes" o directamente eróticas, aportando viñetas cargadas de voluptuosidad, dobles intenciones y escenas subidas de tono. Para firmar estas crónicas visuales de los amores furtivos, los bajos fondos y los vicios ocultos de la sociedad bienpensante, a menudo se escudó bajo el audaz seudónimo de Bigre.
Paradójicamente, la misma mano ágil que ilustraba la vida pecaminosa de la noche, firmó el imaginario visual más puro y blanco de varias generaciones de niños. Opisso colaboró estrechamente con revistas infantiles pioneras como El Patufet y, sobre todo, cimentó los inicios de la historieta en España. Su histórica y prolongada vinculación con la mítica revista TBO lo elevó a la categoría de icono popular intergeneracional, educando la mirada y la imaginación de millones de jóvenes lectores con un costumbrismo amable, rebosante de dinamismo, ironía y un tono profundamente festivo.
La alquimia de la tinta, las multitudes y la tragedia del pistolerismo
A nivel puramente técnico e iconográfico, las obras originales de Ricard Opisso resisten hoy los análisis curatoriales más exigentes de la historia del arte. Trabajar exclusivamente con tinta sobre papel es un acto de funambulismo estético; no permite el arrepentimiento, el raspado ni la corrección fácil que otorga el óleo. Exige que el artista construya mentalmente toda la escena, con sus volúmenes y luces, antes de que la plumilla de metal roce siquiera la celulosa.
Opisso utilizaba una línea nerviosa, extraordinariamente ágil, eléctrica y fluida, que dotaba de una aguda carga psicológica a cada personaje retratado. En obras clave de su crónica modernista —aquellas que retratan a la alta sociedad— demostró un recurso que lo diferenciaba radicalmente de la pesadez visual de sus coetáneos: el magistral uso del espacio en blanco. En lugar de saturar la composición con fondos innecesarios, utilizaba el papel prístino como principal elemento compositivo y lumínico. Esto permitía que las elegantes damas y los caballeros de chistera de la Belle Époque respirasen y transitaran libremente por el encuadre, otorgando a las escenas una modernidad asombrosa.
Pero si hay algo por lo que Ricard Opisso es reverenciado internacionalmente, es por su inigualable e irrepetible talento para coreografiar multitudes. Frente a las masas amorfas o los fondos desdibujados de otros pintores, él dibujaba individuos. Esta habilidad nos ha legado uno de los testimonios sociológicos más valiosos del inicio del obrerismo y la industrialización barcelonesa. En sus formidables dibujos sobre las salidas de las fábricas, la inmensa multitud de obreros no aparece retratada desde una perspectiva de propaganda política; no hay banderas, no están caracterizados como heroicos líderes sindicalistas ni como villanos esquiroles, ni existe una tensión evidente de lucha de clases. Simplemente son hombres y mujeres anónimos que emanan exhaustos de las puertas industriales. Están trazados con una frialdad casi clínica, una neutralidad notarial que, sin embargo, dignifica por completo a esta nueva e imparable clase social.
Esta maravillosa objetividad narrativa, no obstante, se truncó drásticamente cuando Barcelona se hundió en los años oscuros y sangrientos del pistolerismo (1915-1933). Opisso, absolutamente horrorizado por la violencia política, los atentados anarquistas, las represalias de los sindicatos libres y el reguero de cadáveres en las calles, oscureció profundamente su mensaje. En sobrecogedoras viñetas donde las onomatopeyas de los disparos (pim-pam) rompían violentamente el silencio visual del papel, retrató a una ciudad herida de muerte. Transformó a su amada Barcelona en una figura mártir que, en lugar de ser coronada con flores primaverales, portaba una dolorosa corona de espinas. El cinismo amargo y el pesimismo absoluto de esta época de plomo quedaron magistralmente sintetizados en una elocuente e histórica viñeta de prensa, bajo la cual podía leerse una sentencia lapidaria: "La Història d'Espanya continua escrivint-se amb tinta vermella" (La Historia de España continúa escribiéndose con tinta roja).
La tinta derramada. El funeral de un poeta y la humanidad del genio
El alma dual de Opisso —capaz de ilustrar por la mañana la frívola diversión de las clases altas o la irrupción del nuevo deporte de masas, y por la noche la sordidez y clandestinidad de los bajos fondos— esconde, en realidad, un pozo de profunda sensibilidad que sigue desarmando a los expertos y curadores de su obra.
En el año 1928, la ciudad de Barcelona se paralizó por completo debido a la muerte de Ignasi Iglésies, un dramaturgo y poeta social inmensamente querido, tanto por las clases trabajadoras populares como por la élite intelectual. Ante el desbordante duelo colectivo que tomó las calles, Opisso acudió a las exequias y realizó un dibujo a tinta titulado Enterrament Poeta Iglésies (1928). En esta obra, el artista renuncia de golpe al mero reportaje gráfico o a la caricatura para ejecutar un sentido y solemne homenaje espiritual. La inmensa marea humana se arremolina y difumina alrededor de un único punto focal, un epicentro de paz: el rostro inerte y sereno del poeta fallecido.
El incalculable valor histórico, curatorial y emocional de esta pieza reside, sin embargo, en su parte trasera. Sobre el reverso del papel, oscurecido hoy por el natural foxing (las manchas de oxidación provocadas por el implacable paso de las décadas), sobrevive de forma casi milagrosa una nota manuscrita de la época con dos frases demoledoras. La primera, una afirmación de su valor patrimonial: "L'unic retrat que existeix de l'enterrament" (El único retrato que existe del entierro). La segunda, una confesión íntima que quiebra el alma del espectador: "Ho va dibuixar plorant" (Lo dibujó llorando).
Esa brevísima confesión manuscrita pulveriza en mil pedazos el arquetipo del caricaturista frío, distante o mordaz. Nos demuestra que detrás del trazo rápido y la sátira punzante, habitaba un hombre profundamente empático y vulnerable, un artista que documentaba la trágica historia de su ciudad con lágrimas derramadas sobre la mesa de dibujo.
La posterior Guerra Civil Española y la larguísima y gris posguerra lo obligaron a adaptarse a un nuevo y deprimente paisaje humano, que él continuó retratando con una constancia admirable. Su pluma captó las miserias del conflicto bélico y, más tarde, el cambio radical de costumbres de una sociedad superviviente: caricaturizó las modas importadas, las muchachas calzadas con aquellos aparatosos zapatos topolinos y los peinados estirados y altivos estipulados por la moral del "arriba España". A pesar del dolor, Opisso nunca dejó de observar, de procesar la realidad y de entintarla hasta los últimos días de su vida.
Legado inmortal, curaduría y el triunfo en el mercado del coleccionismo
Hoy, más de medio siglo después de su muerte, el nombre de Ricard Opisso reverbera con inusitada fuerza en los circuitos más exclusivos del mercado del arte, en los laboratorios de curaduría museística y entre los investigadores del patrimonio cultural europeo. Sus tintas, lejos de marchitarse o quedar relegadas al olvido como meras anécdotas de un pasado remoto, han adquirido una vigencia estética y una pátina histórica de primer nivel mundial.
Desde una perspectiva de mercado, inversión y coleccionismo privado, las obras de Opisso gozan de una liquidez financiera verdaderamente excepcional. Las grandes galerías y casas de subastas advierten constantemente que piezas como sus icónicas multitudes urbanas, sus elegantes paseos burgueses modernistas o sus conmovedoras escenas elegíacas de la bohemia son valores de refugio seguros y objetos de deseo internacional. Es muy frecuente que el coleccionista avanzado encuentre sus mejores dibujos originales catalogados bajo la estricta, prudente y legal etiqueta de "Atribuido a Ricard Opisso". Esta praxis curatorial obedece a la ausencia actual de un comité oficial certificador activo o herederos que autentifiquen cada uno de los miles de bocetos que salieron de sus veloces manos a lo largo de décadas.
Lejos de restarles valor, esta política de máxima transparencia comercial permite al coleccionista experto adquirir verdaderas e innegables joyas del modernismo a precios sumamente competitivos. Los curadores e historiadores validan la maestría inconfundible de las piezas a través de la iconografía, la agilidad caligráfica (la mítica firma en minúsculas "- opisso -"), el nervio eléctrico del trazo y la irremplazable profundidad psicológica de las miradas. Son virtudes estilísticas que, combinadas con los análisis físicos del soporte de celulosa y la acidez de las tintas de época, resultan material y artísticamente imposibles de falsificar con éxito sin caer en la rigidez o el estatismo visual.
Las altas instituciones culturales del Estado han consagrado de forma definitiva y rotunda su inabarcable trayectoria. El Museu Nacional d'Art de Catalunya (MNAC) custodia permanentemente algunas de sus obras maestras —especialmente aquellas realizadas en la época dorada e irrepetible de Els Quatre Gats—, catalogándolas oficialmente en sus registros como auténticas "Icones Turístiques de Catalunya", elevándolas al mismo estatus patrimonial que el románico o el gótico catalán.
Sin embargo, la inmersión más conmovedora, masiva y accesible en el universo creativo del artista se encuentra hoy al alcance de los ciudadanos gracias a la encomiable iniciativa privada. En el número 203 del Carrer París de Barcelona, en el corazón del elegante y cuadriculado distrito del Eixample, el prestigioso Hotel Astoria se ha convertido en el santuario definitivo del maestro. Impulsada por la inagotable pasión de Jordi Clos, presidente de Derby Hotels y devoto coleccionista de arte, esta magna exposición-museo de carácter permanente exhibe, a lo largo de las cuidadas salas de su planta baja y su histórica cafetería, más de doscientas cincuenta piezas originales. En este silencioso espacio, de libre acceso para cualquier transeúnte o investigador, el visitante puede deambular durante horas rodeado por las miradas vivas de los centenares de personajes que Opisso logró rescatar de las garras del tiempo.
Ricard Opisso i Sala falleció en su amada Barcelona en mayo de 1966, a los ochenta y cinco años de edad, incapaz de superar la profunda depresión que le causó la muerte de su esposa Consol. Pero su mágica conexión sentimental con el pueblo llano fue tan fuerte, tan genuina, que su memoria colectiva se niega en rotundo a desaparecer. Los románticos buscadores de tesoros impresos que pasean los domingos por la mañana entre los puestos del Mercat Dominical de Sant Antoni, todavía hoy encuentran, de vez en cuando, viejos y desgastados álbumes infantiles donde sus antiguos propietarios guardaron, celosamente escondido entre las páginas, el amarillento y quebradizo recorte de prensa del obituario publicado en La Vanguardia que anunciaba la triste noticia de su marcha. Es el mayor testamento de amor que una ciudad puede rendirle a su retratista.
Aquel joven indomable que se rebeló sin contemplaciones contra los perfumados salones burgueses de su ilustre familia, que midió la piedra para el mismísimo Antoni Gaudí bajo las torres de la Sagrada Familia, que compartió mesa, vino y carboncillos con Pablo Picasso, y que dibujó a su ciudad mientras esta sangraba y lloraba, se ganó a pulso, trazo a trazo, la inmortalidad. Cuando nos detenemos hoy frente a una antigua tinta de Ricard Opisso, no estamos viendo simplemente una bella ilustración del pasado: estamos sintiendo el latido exacto, cálido y doloroso, de la propia historia.